GASTROCULTURA

Mi versión personal de la escudella i carn d’olla

La escudella i carn d’olla es uno de esos platos que saben a hogar, a invierno, a domingos lentos y conversaciones largas alrededor de la mesa. Es una receta que huele a infancia, a abuelas que se levantaban temprano para poner la olla al fuego, a cocina que se calienta no solo por el calor, sino por la espera.

Pero mi versión no es exactamente la que hacía mi abuela. Es un híbrido: mitad tradición catalana, mitad intuición mía, con algunos atajos y caprichos que he incorporado con el tiempo.

El corazón está en el caldo

Como toda escudella, empieza con una olla grande y una buena selección de carnes:

Pollo de corral para dar dulzor. Jarret de ternera por la profundidad. Espinazo y costilla de cerdo salada para el carácter. Y, si se puede, una butifarra negra y otra blanca, que son casi sagradas en esta receta.

En mi caso, me gusta añadir hueso de jamón —no tradicional en todas las casas—, porque intensifica el sabor y me recuerda a los caldos que tomaba en Castilla.

Las verduras, sin prisa

El puerro, la chirivía, el apio, la zanahoria, la patata… todos se sumergen en el caldo como si fuera un baño termal. Yo suelo poner más col de lo habitual, porque me encanta cómo absorbe el sabor y se deshace en la boca.

La pilota: mi pequeño truco

La pilota es esa gran albóndiga que corona la carn d’olla. En casa de mi abuela se hacía con pan, ajo, perejil, huevo y carne picada.

El momento mágico: la sopa con galets

El caldo, después de horas, se cuela y se convierte en una sopa humeante con galets grandes, de esos que pueden albergar un sorbo de caldo dentro. Siempre hago de más, porque al día siguiente sabe incluso mejor.

Un tip con sabor a Navidad

Recuerdo las noches de Navidad en casa de mi abuela, cuando la escudella no se hacía sola: se cocinaba a cuatro manos. Ella picaba el perejil mientras yo moldeaba la pilota bajo su mirada experta. La cocina estaba cálida, la radio sonaba bajito con villancicos, y el olor del caldo llenaba toda la casa. Me enseñó que no había prisa: que parte del sabor venía de las risas, las anécdotas y las pausas para probar el caldo “a ver cómo va”. Aquella complicidad, más que la receta, es lo que aún intento reproducir cada vez que la preparo.

Servir es un acto de generosidad

Primero la sopa. Luego, la bandeja de carnes y verduras. Se come despacio, repitiendo de lo que uno más quiera, y siempre con pan para mojar. Es un plato que no se hace para uno solo: es un plato que pide gente, sobremesa y ganas de quedarse a vivir un rato más en la mesa.

Lo que me enseñó mi escudella

Hacer escudella i carn d’olla me recuerda que la cocina no es solo técnica, sino tiempo, atención y cariño. Que los platos más humildes pueden ser festines. Y que las tradiciones están vivas cuando uno se las apropia y las sigue cocinando.

En mi casa, cada invierno, la escudella sigue saliendo a la mesa. Igual que en la de mi abuela. Igual, pero diferente

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