
Hay costumbres que desaparecen sin hacer ruido. Y hay otras que se te quedan en el cuerpo, como el olor a la ropa de tu abuelo o la luz de una cocina antigua a media mañana. El vermut del domingo, en casa de mis abuelos, fue eso: un ritual sencillo, sin pretensiones, que hoy conservo como un tesoro heredado.
No era solo vermut
Llegábamos siempre a la misma hora, justo antes del mediodía. El televisor murmuraba de fondo, con algún programa de cocina o un partido de segunda división. La casa olía a fritura leve, a pimiento asado, a tiempo lento. Y allí, en la mesa del comedor —nunca demasiado arreglada, pero siempre suficiente—, nos esperaba el vermut.
Pero no era solo eso. Era todo lo que lo rodeaba:
Las aceitunas partidas con ajo y limón que mi abuela aliñaba el día anterior. Las patatas chips de bolsa abierta, volcadas en un bol de loza como si fueran manjar de reyes. Las conservas: berberechos, almejas, mejillones en escabeche, a veces con un chorrito de limón encima. El sifón, al lado del vermut negro, listo para hacer espuma y discusión.
Un ritual con pausa, charla y chasquidos de tapa
El vermut era el prólogo del almuerzo, pero nadie tenía prisa. Se brindaba —a veces con vasos que no combinaban— y se empezaba a picar. Se hablaba del tiempo, del fútbol, de las noticias. Pero también se callaba mucho. El silencio tenía valor. A veces bastaba una mirada entre mi abuelo y yo mientras pescábamos la última oliva para entendernos mejor que con palabras.
Todo tenía su orden tácito: no se tocaba la latita de berberechos hasta que no estuviera la mesa llena; no se ponía sifón hasta haber probado el vermut solo. Y siempre, siempre, alguien decía: “Esto sí que es vida”, como si necesitáramos recordarlo.
Lo que queda cuando ya no están
Con el tiempo, los abuelos se fueron. Primero ella, luego él. Pero el vermut del domingo no murió. Lo seguí haciendo, al principio por costumbre, luego por necesidad. Porque hay rituales que no se abandonan: se heredan.
En mi casa, los domingos siguen oliendo a conserva y a limón. Las patatas ahora son artesanas, y el vermut, a veces, italiano o catalán, según el día. Pero la esencia es la misma: detener el mundo, abrir una mesa, invitar a la charla o al silencio.
Un brindis por lo que dura
Hoy, cuando sirvo el vermut en mi casa, lo hago con la misma reverencia sencilla que tenían mis abuelos. No por nostalgia solamente, sino porque entiendo —ahora que soy adulto— lo sabio del gesto: reunirse, compartir, brindar sin motivo más que estar juntos.
El vermut del domingo no es una bebida. Es una forma de vivir.

Replica a tenderlysecrete353d6d2ae Cancelar la respuesta